Mucha gente dice que cada quien construye su final o mejor dicho
su destino a través de las decisiones
que uno hace en el transcurso de la vida. Arthur Kipps era una de esas
personas, pero lo que el no sabía era que desde el día en que conoció a su
amada Stella, su vida sería llena de tragedia y obscuridad.
Era un día
nublado y triste, las gotas de lluvias golpeaban rítmicamente la ventana de la
hermosa hija de Lola, Stella, quien estaba concentrada mirando las ramas de los
árboles bailar como consecuencia del fuerte y ruidoso viento londinense.
El olor a
chocolate y pan horneándose llegó al cuarto de Stella y ésta bajo corriendo las
escaleras, encontrándose a su madre detenida de una pared haciendo
respiraciones profundas hasta que le dijo:
-Hija, necesito que llames a tu tía Marta y al médico Francisco y
que calientes unas telas. Tu hermanita está por nacer-
Stella hizo todo
lo que su madre le pidió y le ayudo a subir a la recámara principal. Su madre
empezó a dar a luz pero por alguna razón, Stella sentía que algo se estaba
complicando y escucho al médico decir que no estaba respirando su hermana.
Si de algo había
estado emocionada Stella, era de no ser una hija única y de tener a alguien con
quien jugar a las muñecas y tomar el té en las tardes junto con sus juguetes.
Ella no podía creer que todas esas esperanzas no se fueran a convertir realidad,
así que tomó la Biblia, guardada bajo su almohada, dos velas altas y blancas y
un vaso con agua. Rápidamente bajo al sótano obscuro, en el cual solo entraba
un rayito de sol por una ventana pequeña, construida para calentar ese cuarto.
Prendió las dos velas
con unos cerillos que ya estaban en e sótano. Puso una en cada lado de la
Biblia y colocó su mano sobre ésta tratando de comunicarse con la “muerte”
mientras decía cada vez más fuerte:
-Haré lo que sea porque no te lleves a mi hermana, lo que sea…..
entregatu, entregatu, ¡Entregatu!-
En la escuela,
unos niños le habían contado sobre la dama de la muerte a Stella. Le dijeron
que cuando los bebés nacen y dejan de respirar, la muerte está cerca. Es por
eso que ella trataba de comunicarse con ella.
Se apagaron las
velas. La ventana se abrió se escucho como la puerta del sótano azotó. Stella
solo escuchaba a su corazón y fuertes respiraciones. De repente, alguien le
susurra:
-Una vida por otra, una hermana por un hijo.-
Stella y su
hermana Federica crecieron juntas y compartieron muchos momentos felices.
Claro, Stella jamás comentó su trato con la muerte pero no por miedos, s i o
por olvido. Ella creyó que la voz que escucho esa tarde fueron producto de su
imaginación y que había sido una reacción inmadura de una niña inocente, hasta
que una noche fría y blanca, soñó con una carreta, habían gritos y lloridos de
una señora. Aparecía una silueta negra, llevándose a un niño en sus brazos
mientras decía:
-Una vida por otra, una hermana por un hijo.-
Despertó y Arthur estaba dormido, abrazando su panza redonda y
grande de siete meses.
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