viernes, 25 de abril de 2014

UN PRINCIPIO DEL FINAL

Mucha gente dice que cada quien construye su final o mejor dicho su destino a través de  las decisiones que uno hace en el transcurso de la vida. Arthur Kipps era una de esas personas, pero lo que el no sabía era que desde el día en que conoció a su amada Stella, su vida sería llena de tragedia y obscuridad.
            Era un día nublado y triste, las gotas de lluvias golpeaban rítmicamente la ventana de la hermosa hija de Lola, Stella, quien estaba concentrada mirando las ramas de los árboles bailar como consecuencia del fuerte y ruidoso viento londinense. 
            El olor a chocolate y pan horneándose llegó al cuarto de Stella y ésta bajo corriendo las escaleras, encontrándose a su madre detenida de una pared haciendo respiraciones profundas hasta que le dijo:

-Hija, necesito que llames a tu tía Marta y al médico Francisco y que calientes unas telas. Tu hermanita está por nacer-

            Stella hizo todo lo que su madre le pidió y le ayudo a subir a la recámara principal. Su madre empezó a dar a luz pero por alguna razón, Stella sentía que algo se estaba complicando y escucho al médico decir que no estaba respirando su hermana.
            Si de algo había estado emocionada Stella, era de no ser una hija única y de tener a alguien con quien jugar a las muñecas y tomar el té en las tardes junto con sus juguetes. Ella no podía creer que todas esas esperanzas no se fueran a convertir realidad, así que tomó la Biblia, guardada bajo su almohada, dos velas altas y blancas y un vaso con agua. Rápidamente bajo al sótano obscuro, en el cual solo entraba un rayito de sol por una ventana pequeña, construida para calentar ese cuarto.
            Prendió las dos velas con unos cerillos que ya estaban en e sótano. Puso una en cada lado de la Biblia y colocó su mano sobre ésta tratando de comunicarse con la “muerte” mientras decía cada vez más fuerte:

-Haré lo que sea porque no te lleves a mi hermana, lo que sea….. entregatu, entregatu, ¡Entregatu!-

            En la escuela, unos niños le habían contado sobre la dama de la muerte a Stella. Le dijeron que cuando los bebés nacen y dejan de respirar, la muerte está cerca. Es por eso que ella trataba de comunicarse con ella.
            Se apagaron las velas. La ventana se abrió se escucho como la puerta del sótano azotó. Stella solo escuchaba a su corazón y fuertes respiraciones. De repente, alguien le susurra:

-Una vida por otra, una hermana por un hijo.-

            Stella y su hermana Federica crecieron juntas y compartieron muchos momentos felices. Claro, Stella jamás comentó su trato con la muerte pero no por miedos, s i o por olvido. Ella creyó que la voz que escucho esa tarde fueron producto de su imaginación y que había sido una reacción inmadura de una niña inocente, hasta que una noche fría y blanca, soñó con una carreta, habían gritos y lloridos de una señora. Aparecía una silueta negra, llevándose a un niño en sus brazos mientras decía:

-Una vida por otra, una hermana por un hijo.-

Despertó y Arthur estaba dormido, abrazando su panza redonda y grande de siete meses.

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