lunes, 28 de abril de 2014

El último paseo

Pasé toda la noche pensando en por qué papá se había puesto tan mal cuando mencioné que una mujer vestida de negro me había visitado el otro día en la escuela. No había sido mala ni tampoco insistente como aseguraban mis papás que serían algunas personas, al contrario, ella había sido muy amable y hasta se había ofrecido a llevarme por un helado al día siguiente.
Salí de mi habitación y bajé a desayunar con mis papás. Al parecer mi papá seguía tenso, pero yo sabía que luego se le pasaría. Así pasaba siempre, se preocupaba por todo y días después lo olvidaba.
-Hija ve a vestirte; ¡hoy iremos al parque!- mi mamá estaba sonriendo, mostrando esas pequeñas arrugas, de las que ella se quejaba, que adornaban sus ojos, en los que se veía un inmenso brillo de satisfacción.
-Sí mamá-  me levanté corriendo de la mesa y fui a mi cuarto. Abrí mi closet y vi tantos colores que nunca antes había notado, pero un vestido rojo llamó más mi atención. Lo tomé y traté de ponérmelo lo más rápido que pude. Solo logré caerme varias veces y pegarme otras tantas en los brazos.
Bajé las escaleras dando pequeños saltitos y abrace a mi padre. Lo quería de verdad.
Mi papá nos dijo que subiéramos al auto y así lo hicimos mi madre y yo. Estábamos las dos tan emocionadas de ir los tres. Normalmente ese tipo de paseos sólo los realizábamos ella y yo. Era tan fantástico que viniera también mi papá que sentí ganas de llorar.
Al llegar, todo estaba tan alegre y tan lleno de vida que no pude más que sonreír mientras mi madre y yo bajamos corriendo del coche.
Mi papá nos alcanzó realmente rápido, pero eso no era lo mejor; ¡me había comprado un globo!
-Gracias papá- lo dije tan velozmente mientras me aventaba a sus brazos que sonó casi como un trabalenguas.
-De nada. Hija, perdón por haberme molestado ayer, no era nada. Tú tenías razón y quiero que sepas que te quiero, te quiero mucho-. Sus brazos se tensaron con mayor fuerza sobre mi espalda y yo besé su mejilla.
-¡Y yo a ti!- me puso de nuevo en el suelo y fue cuando la vi; una carreta realmente hermosa, y era toda de color rosa pálido.
-¿Me puedo subir a la carreta?- mi papá volteo a verla y asintió pero con la condición de que mamá viniera conmigo.
Ambas caminamos agarradas de la mano hasta la carreta, un señor muy amable nos ayudó a subir y se puso en marcha.
Quería saludar a mi papá desde aquí, volteé en su dirección y vi sus ojos llenos de terror mientras él gritaba algo, pero no logré entender qué.
Volteé hacía enfrente y estaba ahí, la mujer que me había visitado el día anterior en la escuela, me sonreía.
Mi mamá no se había dado cuenta de la presencia de la mujer, que estaba justo en nuestro camino, y al parecer el señor que estaba conduciendo tampoco.
-Hola pequeña, vine a llevarte por el helado que te prometí- en ese momento, cuando volteé a verla, algo pasó con la carreta, miré a mi mamá y noté que estaba tan preocupada como yo.

Con un rápido giro la carreta se volteó, mi mano se movió instintivamente a la de mi madre y la sostuve. Sentí un golpe fuerte en la cabeza y luego mis ojos se cerraron, no veía ni a papá ni a mamá. Sólo oscuridad. Lo último que recuerdo, después de ver a mi mamá y notar su preocupación, es la cara de la señora, sonriendo, quien de nuevo iba vestida de negro.

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