Las personas
pueden ser sorprendentes. Un momento crees que las conoces y que puedes confiar
en ellas, y después, ellas mismas son las que te apuñalan en la espalda. No lo
ves venir, por supuesto. O al menos yo
no lo vi venir. Uno piensa que las personas que tú quieres más, son las que
menos te decepcionarán, pero eso no es cierto. Al final, las personas que te
romperán el corazón en mil pedazos, serán las personas a las que se los
entregaste. Yo sé eso ahora.
Todavía recuerdo el día como si
fuera ayer. Era un día nublado y Nathaniel, mi hijo, había estado llorando toda
la mañana. Yo estaba débil, no sólo física pero emocionalmente también. No me
podía levantar de la cama. No me podía mover. El niño estaba en mis brazos pero
eso no lo tranquilizaba. Sabía qué era lo que quería pero por más esfuerzos que
hacía, yo no podía levantarme.
Fue entonces cuando vi sus sombras.
Mi hermana, Alice, junto con otros dos hombres, estaba recargada en la puerta
con sus brazos cruzados y con una mueca en su cara. No estaba contenta, lo
podía notar. Tenía una mirada profunda. Al principio pensé que me estaba
mirando a mí pero luego noté que estaba observando a mi querido hijo. ¡Oh si
tan sólo hubiera sabido!
Mi hermana se acercó a mí con paso
lento pero determinado. Los otros dos hombres, por otro lado, se quedaron en
donde estaban. Sus miradas fijas en mí y en mis movimientos. Alice abrió sus
brazos y yo, sin más, le entregué al niño. Por supuesto que yo no sabía nada en
ese momento, de otra manera no se lo habría entregado. Sabía, no obstante, que
las personas del pueblo no estaban contentas con mi situación. Sabía que
desaprobaban. Sin embargo, nunca pensé que mi hermana me traicionaría de esa
manera.
Alice estuvo unos momentos con el
niño. Lo acurrucaba en sus brazos y lo trataba de callar y en algún momento,
Nathaniel obedeció y se quedó dormido. Era tan pequeño y hermoso, tan indefenso
e inocente.
-Es hora de irnos –Me dijo sin
mirarme a los ojos.
Yo suspiré. No quería volver a estar
sola. –Pero si acabas de llegar –Le susurré para que los otros dos hombres, que
parecían estar más cerca, no escucharan.
-Lo están esperando.
Fruncí
el ceño. -¿Lo?
Los dos hombres tomaron otros pasos
pero yo no les hice caso. Por primera vez desde que había llegado, mi hermana
me miró a los ojos y lo pude ver en ese momento. Se estaba llevando a mi hijo. Rápidamente
me levanté de la cama pero antes de que pudiera hacer algo más, los dos hombres
me agarraron de los hombros y me sostuvieron. Forcejé pero de nada sirvió.
Ellos eran más fuertes que yo y Alice ya se estaba yendo.
-Sé que no lo entiendes pero es por
tu propio bien. Por el tuyo y por el de tu hijo. –Y acto seguido, tomó otro
paso.
-¿Qué quieres que te diga? ¿Gracias?
¿Por qué te agradecería? ¿Por tomar a mi hijo? ¿Por separarlo de mí? No me
puedes hacer esto, ¡es mi hijo! ¡Devuélvemelo ya!
-Jennet. –Dijo con tono pausado. Eso
hizo enojarme todavía más.
-¿Qué vas hacer? ¿Fingir que eres su
madre por el resto de su vida? Una madre sin hijo sigue siendo madre, es una
madre desolada pero sigue siendo una madre. Mi hijo. La única persona a la que
yo amo y que me podría amar a mí, ¿me lo vas a quitar? Me pides que haga la
cosa más difícil que una madre podría hacer, ¿tanto me odias?
Alice suspiró mientras tomaba otro
paso hacia atrás. Yo, por mi parte, seguí forcejando con los dos hombres pero
no lograba conseguir nada.
-No lo hago porque te odio Jennet,
todo lo contrario. No puedes cuidar de este niño y es por eso que yo cuidaré de
él.
Entrecerré
mis ojos. –Tú no eres una madre. No eres la madre de mi hijo. Tampoco eres su
tía. No eres nada de ese niño, ¿me entiendes? Nathaniel no te pertenece, ¡es
mío! Podrás huir, podrás encerrarme, podrás callarme, podrás mentirle al niño y
mentirte a ti misma, pero Nathaniel siempre será mi hijo. Yo soy su verdadera
madre y siempre lo seré.
-Adiós Jennet.
-No me importa cuánto tiempo me
tome. –Dije a pesar de que ella ya se había ido.- No me importa cuántos lugares
recorra. No importa nada. Yo conseguiré estar con Nathaniel a toda costa. No
podrás detenerme. No lo perderé. No dejaré que me lo quites. No descansaré
hasta tenerlo en mis brazos otra vez. Es una promesa. Me estarás viendo Alice.
No te librarás de mí jamás.
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