domingo, 13 de abril de 2014

La Separación


Las personas pueden ser sorprendentes. Un momento crees que las conoces y que puedes confiar en ellas, y después, ellas mismas son las que te apuñalan en la espalda. No lo ves venir, por supuesto. O al menos yo no lo vi venir. Uno piensa que las personas que tú quieres más, son las que menos te decepcionarán, pero eso no es cierto. Al final, las personas que te romperán el corazón en mil pedazos, serán las personas a las que se los entregaste. Yo sé eso ahora.  

            Todavía recuerdo el día como si fuera ayer. Era un día nublado y Nathaniel, mi hijo, había estado llorando toda la mañana. Yo estaba débil, no sólo física pero emocionalmente también. No me podía levantar de la cama. No me podía mover. El niño estaba en mis brazos pero eso no lo tranquilizaba. Sabía qué era lo que quería pero por más esfuerzos que hacía, yo no podía levantarme.

            Fue entonces cuando vi sus sombras. Mi hermana, Alice, junto con otros dos hombres, estaba recargada en la puerta con sus brazos cruzados y con una mueca en su cara. No estaba contenta, lo podía notar. Tenía una mirada profunda. Al principio pensé que me estaba mirando a mí pero luego noté que estaba observando a mi querido hijo. ¡Oh si tan sólo hubiera sabido!

            Mi hermana se acercó a mí con paso lento pero determinado. Los otros dos hombres, por otro lado, se quedaron en donde estaban. Sus miradas fijas en mí y en mis movimientos. Alice abrió sus brazos y yo, sin más, le entregué al niño. Por supuesto que yo no sabía nada en ese momento, de otra manera no se lo habría entregado. Sabía, no obstante, que las personas del pueblo no estaban contentas con mi situación. Sabía que desaprobaban. Sin embargo, nunca pensé que mi hermana me traicionaría de esa manera.

            Alice estuvo unos momentos con el niño. Lo acurrucaba en sus brazos y lo trataba de callar y en algún momento, Nathaniel obedeció y se quedó dormido. Era tan pequeño y hermoso, tan indefenso e inocente.

            -Es hora de irnos –Me dijo sin mirarme a los ojos.

            Yo suspiré. No quería volver a estar sola. –Pero si acabas de llegar –Le susurré para que los otros dos hombres, que parecían estar más cerca, no escucharan.

            -Lo están esperando.

            Fruncí el ceño. -¿Lo?

            Los dos hombres tomaron otros pasos pero yo no les hice caso. Por primera vez desde que había llegado, mi hermana me miró a los ojos y lo pude ver en ese momento. Se estaba llevando a mi hijo. Rápidamente me levanté de la cama pero antes de que pudiera hacer algo más, los dos hombres me agarraron de los hombros y me sostuvieron. Forcejé pero de nada sirvió. Ellos eran más fuertes que yo y Alice ya se estaba yendo.

            -Sé que no lo entiendes pero es por tu propio bien. Por el tuyo y por el de tu hijo. –Y acto seguido, tomó otro paso.

            -¿Qué quieres que te diga? ¿Gracias? ¿Por qué te agradecería? ¿Por tomar a mi hijo? ¿Por separarlo de mí? No me puedes hacer esto, ¡es mi hijo! ¡Devuélvemelo ya!

            -Jennet. –Dijo con tono pausado. Eso hizo enojarme todavía más.

            -¿Qué vas hacer? ¿Fingir que eres su madre por el resto de su vida? Una madre sin hijo sigue siendo madre, es una madre desolada pero sigue siendo una madre. Mi hijo. La única persona a la que yo amo y que me podría amar a mí, ¿me lo vas a quitar? Me pides que haga la cosa más difícil que una madre podría hacer, ¿tanto me odias?

            Alice suspiró mientras tomaba otro paso hacia atrás. Yo, por mi parte, seguí forcejando con los dos hombres pero no lograba conseguir nada.

            -No lo hago porque te odio Jennet, todo lo contrario. No puedes cuidar de este niño y es por eso que yo cuidaré de él.

            Entrecerré mis ojos. –Tú no eres una madre. No eres la madre de mi hijo. Tampoco eres su tía. No eres nada de ese niño, ¿me entiendes? Nathaniel no te pertenece, ¡es mío! Podrás huir, podrás encerrarme, podrás callarme, podrás mentirle al niño y mentirte a ti misma, pero Nathaniel siempre será mi hijo. Yo soy su verdadera madre y siempre lo seré.

            -Adiós Jennet.

            -No me importa cuánto tiempo me tome. –Dije a pesar de que ella ya se había ido.- No me importa cuántos lugares recorra. No importa nada. Yo conseguiré estar con Nathaniel a toda costa. No podrás detenerme. No lo perderé. No dejaré que me lo quites. No descansaré hasta tenerlo en mis brazos otra vez. Es una promesa. Me estarás viendo Alice. No te librarás de mí jamás.

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