viernes, 25 de abril de 2014

La venganza

Ya habían pasado muchos años desde el accidente, mi hija había muerto en sus manos.

Mi esposa, bueno ahora EX esposa, nunca entendió porque yo decía que eso no había sido un accidente, pensaba que la torturaba recordándole ese acontecimiento. Pero yo la había visto ahí parada, en medio de la calle viendo fijamente la carreta en la que viajaban mi mujer y mi hija.

Mi esposa había sobrevivido por milagro pero no pudo estar conmigo mas que unos meses después de eso, esa mujer de negro había arruinado mi vida, me había dejado sin nada.

El tren seguía en movimiento mientras mis recuerdos me acechaban, ese tren iba acercándome cada vez  más a la casa en la que se aparecía constantemente esa “dama de negro”, debía confrontarla. Sabía que eso era prácticamente imposible pero yo quería verla, quería que ella pagara por lo que me había hecho. No tenía nada que perder si moría en este viaje.

El tren se paró y anunció la llegada.

Me tardé mucho en encontrar a la persona que hacía ya muchos años había llevado a otro hombre  a esa misma casa.

Yo ya no era joven como en la época en la que conocí la historia de esta mujer, yo era viejo, podrían pensar que uno muy chiflado pero era la única esperanza que me quedaba; la venganza. La carreta tomo el único camino que conducía hacía ese sitio, un pequeño sendero rodeado de agua como me lo habían descrito, el sonido del mar no era relajante, era espeluznante e inquietante. La neblina decoraba el mar como si los dos pertenecieran a uno mismo.

-       Señor ya llegamos- frente a mis ojos una enorme casa se elevaba de entre la flora silvestre que crecía sin ningún orden.

-       Se lo agradezco- tomé mi pequeña maleta con las escasas pertenencias que tenían  aun valor para mí a esta edad.

-       Señor, disculpe mi intromisión pero ¿Desea que lo espere aquí?- la voz del señor sonó tan joven que mi corazón sintió ternura por ese pobre.

-       No, ya puede marcharse, gracias- mis pies comenzaron a emprender nuestro camino hacia esa tenebrosa casa.

-       Señor- otra vez esa voz tan jovial resonó en medio del silencio- ¿Se va quedar usted toda la noche?- sus ojos brillaban un poco inquietos y sus manos temblaban nerviosamente.

-       Si – fue mi  única respuesta, la gente del pueblo conocía ya la historia de este lugar no hacía falta que anduvieran por ahí diciendo que un viejo absurdo se empeño en quedarse en ese tétrico lugar.

-       Está bien, como guste…- la desaprobación en su voz era tangible pero no insistió dio media vuelta y se marchó.

El sendero hacía la puerta de la casa no era sino un estrecho camino que tenía raíces de árboles que se enredaban con mis pesados pies.

La tarde comenzaba a despedirse y mi corazón latía cada vez con más fuerza, el momento que tanto había esperado estaba cerca.

La puerta de madera un poco desgastada por los años que habían pasado por ella y del mantenimiento que no había recibido se veían en ella, me faltaban ya unos pocos pasos para llegar, el ambiente se sentía más pesado, como si la casa en si me ahuyentara.

Tome la manija y la gire cuidadosamente, sin ninguna dificultad esta cedió y pude entrar.
Adentro no se veía nada, las ventanas apenas dejaban pasar un poco de luz del día que estaba por terminar, lo primero que pude ver fueron unas grandes escaleras, eran anchas y conducían a un descanso en el cual se bifurcaba.

Caminé lo más rápido que mis pies pudieron llevarme y subí uno a uno las escaleras, mi instinto me sugirió continuar por las escaleras que continuaban a mi lado derecho y así lo hice.

Al llegar al piso superior se extendía un pasillo horizontalmente a mi posición, la casa se veía más lúgubre desde este lugar, tenía un aspecto azul-verdoso causado por la poca luz que quedaba del día. Del lado izquierdo únicamente estaba una puerta al final del pasillo, ésta estaba abierta y se podía identificar un escritorio desordenado. Si fuera un fantasma en busca de niños pequeños que arrebatar de sus padres no volvería a un despacho, iría al cuarto del hijo que perdí.

Sentía como mi espalda, nuca y axilas estaban sudadas, en este punto no sabía si se debía al esfuerzo realizado en las escaleras o al miedo que me provocaba estar en ese lugar.
Continúe mi camino, mis pasos sonaban fuertes y lentos en la madera, pero algo más sonaba ¿Qué era ese sonido? Sonaba como una mecedora antigua.

¡Claro! Era ella, trate de caminar más de prisa para encontrar el lugar del que provenía aun ese chirrido, era la puerta que se encontraba junto a las escaleras por las cuales había decidido no subir. Mi instinto… por supuesto me iba a alejar del peligro ¿Cómo no lo adivine?
Tragué saliva y tome la manija, estaba decidido, había pasado toda mi vida soñando con el momento en que la viera y lo que haría pero ya que había llegado no me acordaba más de todos esos planes.

La puerta se abrió nuevamente sin problemas y di un paso hacia adentro, la ventana estaba abierta y un árbol adornaba la mitad de ésta. La mecedora que había escuchado se seguía moviendo pero no había nadie…

Podía escuchar el latido de mi corazón en mis oídos y podía sentir el sudor de mis manos volverse frío. Un ruido tras de mi me alteró, voltee en seguida pero de nuevo no había nada. Di otro paso entrando cada vez más a la habitación, uno de mis pies sintió algo en el suelo y por un momento todo se paralizó, sentí como todo el terror que no había sentido en toda mi vida se cernía sobre mí.

Agache lentamente la vista para reconocer lo que había tocado y suspire, era solo un muñeco. La puerta se azotó violentamente tras de mí y sentí un escalofrió recorrer mi espalda. Lo sabía, ella estaba atrás de mí.

Gire pausadamente y con gran precisión sobre mis talones. Era ella, a un triste metro de mi se encontraba mirándome. Era la imagen más terrorífica que había visto y vería en mi vida.
No supe que decir, no supe que hacer, todo en lo que pensaba era en esos ojos que reflejaba la falta de humanidad, la falta de amor y  toda la tristeza del mundo. Sus Labios se alzaron formando una mueca que trataba de ser una sonrisa pero era mucho más tenebrosa era más parecida a una sonrisa homicida.

Mi mano izquierda comenzó a sentir fríosubió lentamente a mi antebrazo y después abarcó hasta el hombro, poco a poco ese frío fue descendiendo hasta llegar a mi pecho, un poco más abajo. Sentí como una presión comenzaba a absorberme mientras mi corazón dejaba de latir

Lo último que vi antes de cerrar los ojos para siempre, fue su mirada, fueron sus ojos tan malignos que ningún otro mal se le compraba.

El único sentimiento de paz que pude sentir antes de morir fue el saber que dentro de la maleta que aun sostenía en mi mano derecha estaba lo más preciado y valioso en este mundo. Los dibujos que había hecho mi hija cuando aun éramos una familia.


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